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La Coctelera

Cuentos

Polilla

Polilla

Esta es la historia de una pequeña hada llamada Polilla.

Polilla vive en un lugar situado en lo mas profundo de un bosque donde las hadas, duendes y otros seres fantásticos comparten su mágica existencia.
Por si no lo sabéis os diré que las hadas son seres que existen hace muchísimo tiempo.
Les gusta mucho la música, cantar y bailar.
No necesitan llevar mucha ropa porque no son nada frioleras.
Las hadas mas jóvenes se distinguen por ser muy traviesas, nunca se sabe que están tramando.
Las hadas están siempre muy ocupadas; no creáis que se pasan el tiempo bailando ¡qué va! , atienden cosas muy importantes.
Solo se les puede ver si ellas quieren y aunque suelen habitar en lo más recóndito de los bosques, arroyos, fuentes y árboles; en ocasiones están cerquita de nosotros.

Hay diferentes tipos de hadas. Las Hadas del Aire controlan los vientos.
Las Hadas del Fuego tienen el control del fuego y las tormentas
.
También están las Hadas del Mar, su vida transcurre en el mundo marino, y se encarga de velar por los barcos en momentos de peligro.

Polilla pertenece al grupo de Las Hadas del Aire, es una criatura etérea, minúscula, sutil y traslucida. Es muy servicial aunque como todas las jóvenes, ruidosa y un poco despistada.
No hay ninguna hada que se parezca a otra. Nuestra hadita nació con la piel dorada mezcla de polen y polvo de mariposa.
Nació un día al alba, cuando la luna se despide para dar paso al sol.
Sus alas son como delicados pétalos de flor; sus ojos de color miel. Su voz un dulce susurro igual al sonido del agua en los arroyos y sabe cantar canciones de tierras lejanas que nadie mas que las hadas han visto.
Baila sobre las ramas de los árboles con sus ligeros piececillos y puede alzar el vuelo y subir muy alto o descender para descansar sobre los frescos y verdes prados y sentarse a beber el rocío que guardan para ella las azucenas.

Se acerca pocas veces a los humanos, porque son incrédulos y no se atreven a verla. Solo de vez en cuando sus ojos ven otros ojos que saben que existe, y entonces les regala sus dones mas preciados.

Cuando el sol brilla con fuerza Polilla se cobija en el dulce regazo que le ofrece el bosque mientras todo se prepara para un nuevo día en el que nacerán nuevas flores y seres que llenaran de vida la Tierra.
Uno de los trabajos de Polilla es recolectar las frutas silvestres maduras. A las hadas les gustan mucho las frutas y también a los animalillos del bosque así que ya veis que es un trabajo muy importante. Como también lo es vigilar el olor de las flores seria un desastre que una margarita oliera a rosas ( por ejemplo)

En otoño en el fondo del bosque se arremolinan dorados montones de hojas secas que crujen cuando las apretamos con nuestras manos y que vuelan muy alto cuando las esparcimos a puñados por el aire.

Para las Hadas del Aire ha llegado el momento de descansar antes de que llegue el duro invierno y la nieve y el viento helado las sobrecarguen de trabajo porque es entonces cuando más tienen que cuidar de los bosques y sus habitantes.

A Polilla le gusta perseguir luciérnagas, jugando al escondite entre los árboles, pasear a lomos de
las mariposas.

El Viento resulta un poco molesto pero a las Hadas no les importa que sople con alguna fuerza.
Es cierto que les causa un poco de trabajo porque suele arrancar hojas a los árboles y pétalos a las flores y ellas deben procurar que todo este en orden pero también tiene su lado bueno. Deja sitio para que broten las hojas nuevas y envía lejos las semillas de las flores para así poder crecer en muchos lugares distintos.

Pero lo que más les gusta a las Hadas es que el Viento les cuente alguna de las miles de historias que sabe, porque el escucha todas las palabras que se pronuncian en el mundo.

Vivir en las ciudades es algo que no les gusta nada, pero eso no quiere decir que no las visiten nunca. Al contrario, acuden cada noche, porque cada noche hay deseos que realizar, ilusiones que cumplir y sueños que atender.

Cuando las luces se apagan y en la ciudad se hace el silencio las hadas llegan a velar el descanso de los humanos que creen en ellas y hacen sonreír a los niños que duermen.
Cuando te duermas hazlo pensando en las hadas y en los lugares mágicos donde viven y quizás te lleven a un largo paseo entre las nubes y cuando despiertes serás mucho más feliz.

Durante muchos meses las Hadas esperan la llegada de la Primavera.
Con el florecer de los árboles empieza la estación mas dulce del año; la que prefieren las hadas, la que entibia el aire y calienta la tierra la que permite que todo en la Naturaleza se renueve, germine, crezca...

Un día en un claro del bosque, cuando los primeros rayos del sol se colaban entre los árboles Polilla se topo con un duende que le miraba fijamente.

Los duendes aunque habitan en muchos sitios no hay duda que prefieren el contacto con la Naturaleza y la vida en libertad.
Los bosques están llenos de duendes aunque al igual que las Hadas los humanos son casi siempre incapaces de verlos.
Este era un duende chiquito de mirada burlona de aspecto mas o menos humano aunque de rasgos exagerados.
Polilla ya lo había visto antes por ahí, pero nunca antes había hablado con él.
Sabia que era un Duende Bueno y pertenecía a la familia de los Ángeles.
En los bosques la presencia de estos duendes, es igual de decisiva que la de las hadas para la vida de todos sus habitantes. ¿Acaso
no os habíais preguntado quienes curaban las heridas de los anima
litos, quienes les enseñaban el tiempo que iba a hacer o enseñaba a cantar a los pájaros? Además advierten a las ardillas que deben cuidar sus dientes y no intentar romper con ellos todo lo que encuentran.
A pesar de sus recomendaciones no hay día que no tengan que correr en auxilio de alguien. Han aprendido de sus mayores el arte de curar y tienen unos hospitales muy bien organizados.

En la espesura del bosque, allá donde la bruma tarda mas en desaparecer, existen lugares especiales para las Hadas.
Son espacios mágicos, solo con ocidos por ellas. Rincones y claros perdidos entre los árboles son refugios ideales para cuando necesitan estar solas.
Si alguna vez te encuentras en un bosque y esta tan silencioso que puedes oír el latido de tu corazón, es que has llegado a un lugar reservado al silencio de las Hadas. Respeta esa quietud y aléjate sin hacer ruido.

O quédate y aprende el silencio.

Polilla y los colores

Polilla y los colores

Polilla voló un día por encima de los entrecruzados colores del arco iris hasta que una ráfaga de luz la golpeó dejándola adherida a una arista azul donde el frío de ese color la solidifico súbitamente.
La forzada inmovilidad la aburría extraordinariamente.
El paso de las aves y nubes la llenaban de envidia y rogó al sol la librara de aquella cruel cárcel que la mantenía presa.

El sol se compadeció de ella y la toco con uno de sus rayos al contacto del cual vibro su cuerpecillo y la envolvió de un calor dulcísimo y como una plumita voló hasta un arroyuelo, cuyas aguas la envolvieron y arrastraron en su caída por la ladera de una montaña, por algún tiempo rodó así de cascada en cascada hasta que el arroyo se precipito en una grieta donde se detuvo bruscamente. Allí sumida en una profunda oscuridad se fue deslizando muy despacio por el seno de la montaña, hasta que surgió de pronto en la bóveda de una gruta. Trepo a lo alto de una estalactita y desde allí contemplo el lugar en el que se encontraba.
La cueva era de una hermosura que maravillaba. La iluminaba una claridad fantástica que daba a sus paredes de alabastro una extraña tonalidad; junto a su entrada había una pequeña fuente de agua abundante y cristalina.

Aunque todo lo que allí había era deliciosamente bello, no había nada que pudiera compararse con ella misma. La luz atravesaba su cuerpo absolutamente transparente y en él se reflejaba la claridad del agua dándole a su aspecto una brillantez purísima.

Se desprendió de la estalactita y cayo dentro de la fuente. Un leve roce de sus alas despertó los ecos de la gruta y de pronto una bandada de gorriones sobrevolaron su cabeza creando una ensordecedora algarabía, hasta posarse en la fuente y beber con delicia para después remontar el vuelo perdiéndose de nuevo en la profundidad de la cueva.
Polilla deseo salir de allí, rodeo la gruta buscando una salida hasta encontrar un resquicio.
Alegre batió sus alitas abandonándose a la corriente que penetraba por una ranura y filtrándose por ella salio al valle por donde discurría el arroyo de aguas limpísimas.
Que emocionante le parecía el viaje, las márgenes del arroyo desaparecían bajo un espeso tapiz de flores.
Una gotita de agua descansaba encima de una violeta que a su vez se empinaba sobre su tallo agitándose al viento.
Polilla le invito a viajar con ella pero la gotita le dijo que no podía detenerse y rodó deslizándose dentro del cauce.
Durante un buen rato nuestra querida hadita se entretuvo en volar de flor en flor como si fuera una mariposa disfrutando su embriagador perfume y jugando con el reflejo de sus vistosos colores.
En lo alto de un montículo apareció una joven de rostro delicadamente hermoso, miraba hacia ella sin verla. Las finas líneas de su perfil se ensombrecían por una tristeza apenas disimulada.
Indiferente a cuanto la rodeaba, su voz entono una melodía que la hizo olvidarse de si misma.
Al terminar su mirada encontró la de Polilla y ahora si que la vio y como si ambas se comprendieran perfectamente permanecieron mirándose sin hablar.

La joven tuvo la sensación de haber tenido un sueño que había liberado su alma de todos sus pesares y se sintió confortada. De nuevo su voz se alzo interpretando aquella melodía de antes pero ahora sonaba llenando el valle de alegres notas.

Al caer la tarde Polilla regresa a ese lugar tan especial que solo los seres que creen en ella conocen.
Ese lugar esta en lo mas profundo del bosque o de nuestro corazón.

El árbolito viajero

El arbolito viajero

Amaneció en el centro del bosque

Por fin el invierno se había marchado llevándose la fría
escarcha.

Los rayos del sol comenzaron a calentar tibiamente.

Los habitantes del bosque despertaron poco a poco.
Una ligera brisa sacudió las ramas de un gran roble y de ellas cayeron algunas gotas de roció que mojaron las hojas de un arbolito que crecía a ras del suelo.
¡ Caramba! ¡ Que frescura! – dijo el pequeño árbol.
¡Lo siento – dijo Roble – ha sido sin querer!

Arbolito era muy joven y todavía no había crecido mucho, estaba rodeado de otros árboles más grandes y frondosos que le impedían mirar a su alrededor.
Estiraba sus ramitas todo lo que podía pero solo de vez en cuando conseguía divisar un trocito de cielo, y eso le entristecía.
Aunque era consciente de que sus compañeros le protegían. nunca la lluvia o el fuerte viento le dañaban demasiado, tampoco las heladas invernales llegaban a herirle, gracias a eso era un arbolito sano y hermoso.
Sentía que era afortunado pero tenía una inquietud..., un sueño.

Donde terminaba el bosque nacía un camino que llevaba a un pueblecito. En él vivían personas sencillas y trabajadoras.
El bullicio de campanas, risas, palabras de saludo, el martillo del herrero y la voz de una madre llamando a sus hijos llegaba hasta el bosque.
Estos sonidos hacían pensar al arbolito que más allá, aunque él no pudiera verlo existía cosas muy interesantes y deseaba conocerlas.

Un día, al atardecer...
Arbolito escucha risas. Dos niñas se acercaban jugando, corriendo. Hablaban y reían saltando y dando volteretas sobre el verde y mullido tapete de musgo que cubría el suelo del bosque.

Se veía que eran muy felices.

Las niñas eran amigas desde hacia mucho tiempo. Sara mayor que Marina cuidaba de esta. A su vez Marina admiraba a Sara y ambas compartían el mismo afecto.

Se sentaron al pie de Arbolito y Marina - la mas pequeña – se quedo dormidita abrazada a su tronco. Arbolito sintió un ligero temblor de emoción en sus ramas y su corteza crujió levemente, era una sensación nueva.
Notó Sara algo extraño y miro hacía arriba. Se quedo con la boca abierta por el asombro.

A Arbolito le estaban saliendo flores. Muchas flores. De un precioso color.

¡Son bellísimas! –dijo. Y la exclamación despertó a Marina.
¡Que bonitas, y le siguen saliendo mas, mira! – dijo Marina.

Todo el pequeño árbol estaba cubierto de un hermoso color rosado y los árboles que le rodeaban se inclinaron para verlo mejor.
Arbolito se sentía inmensamente feliz, y tan sorprendido como todos los demás.
De repente el ultimo rayo de luz de la tarde abandono el monte y las niñas comprendieron que debían regresar a su casa.

Esa noche apenas pudieron dormir.
Al día siguiente...
Sara entreabrió los ojos.
El cuarto se inundó de luz.
Estiro las piernas y sin hacer “vaguitis”se incorporo con rapidez saltando de la cama.
Fue hacia la ventana y miro afuera.
El día había amanecido soleado, magnifico. Recordó que había prometido a Marina volver al bosque.
Acabo su desayuno y fue en busca de Marina que ya la esperaba junto a la fuente del viejo molino.
Echaron a andar todo lo deprisa que podían estaban deseosas de llegar y comprobar que el arbolito seguía igual de bonito.
Y así era.
Se pusieron tan contentas que cogidas de las manos bailaban mientras cantaban y reían.
Arbolito se contagiaba de su alegría. Las niñas parecían notarlo.
Felices como estaban cayeron al suelo mirando hacia arriba. De repente Marina dio un salto exclamando: ¡ Tienen ojos, las flores..., tienen ojos!
¡ Es cierto – dijo Sara asombrada – tienen ojos!

Todas y cada una de las lindísimas florecillas de Arbolito poseían un par de diminutos y sonrientes ojitos.

¿ Querían decirles algo?

Levanto Marina una de sus manitas y con mucho cuidado cogió una flor.
Entonces estuvieron seguras.
Los ojillos les invitaban a que llevaran aquellas flores con ellas.
Tomando algunas con delicadeza marcharon al pueblo.

Al llegar a la plaza del lugar...

La abuela Enriqueta cogió una y amorosamente la coloco en su regazo.
De igual manera los niños de la señora Teresa, Dolores la del carnicero, el señor Matías que tomaba el sol en un banco del parque, dos albañiles que trabajaban en casa de José y hasta Elisa que vivía sola y que apenas salía de su domicilio; todos ellos quisieron una de aquellas hermosas y mágicas flores.

A partir de entonces las niñas visitaron con frecuencia a su amigo y llevaban consigo muchas flores porque a la gente le hacia feliz tenerlas.
Arbolito era inmensamente dichoso, su sueño se había hecho realidad, pues a través de los ojos de sus flores podía observar el mundo.
Ahora sabia del cariño de la abuela Enriqueta por sus nietos.
Disfrutaba viendo como se divertían los niños de Marta bañándose en el río.
Compartía las vivencias de los vecinos del pueblo.

Cada primavera cuando el sol volvía de nuevo a calentar las ramas de Arbolito, nuevamente brotaban flores con ojillos traviesos, y siempre había alguien que iba a buscarlas. De esa forma Arbolito podía seguir participando de todo lo que ocurría mas allá de la arboleda.

Pasó el tiempo y el arbolito se hizo grande, igual que Sara y Marina.
Donde quiera que fueran llevaban las flores en un bolsillo cerca del corazón y Arbolito pudo compartir la vida de sus amiguitas.

FIN

Bruce ha estado con nosotros 2ª parte

Bruce ha estado con nosotros
2ª parte
La operación tuvo éxito según lo esperado, Don Pedro y su equipo estaban muy satisfechos, ahora solo quedaba dar tiempo a que el cuerpo frágil de Lisa recuperara fuerzas.
Pasaron varias semanas; Lisa no hacia progresos Don Pedro no entendía la razón. Había seguido todas las pautas que le habían dictado los resultados de sus estudios, repitió todos y cada uno de los pasos, volvió a repasar los cálculos. Todo parecía correcto, sin embargo en algún punto había un error que no era capaz de ver.
Se desesperaba viendo a la niña enferma todavía.
Lisa aunque no había mejorado tras la operación no estaba tan preocupada como su padre.
Todos los días recibía la visita de Bruce que tras la ventana pasaba horas haciéndole compañía y siempre la sorprendía con sus juegos.
Ese día llego mas pronto. En una de sus grandes manos traía una caja dorada y con la otra sujetaba una docena de globos de todos los colores. Dejo la caja en el suelo y los globos al lado de ella suspendidos en el aire como si un cordel invisible los retuviese impidiéndoles perderse en las alturas. Esto hubiera extrañado en otro lugar pero en Laluna no sorprendía a nadie, a Lisa desde luego no; ni tampoco a la caterva de chiquillos que esperaban ansiosos las maravillas de Bruce.
Abrió la caja y en un instante y como si las impulsase un resorte salieron de ella tres conejos haciendo piruetas, iban envueltos en ropas de vistosos dibujos y calzaban zancos lo que hacia que las piruetas y saltos fueran espectaculares. Detrás de ellos aparecieron una oca bailando el twist, un ratón cantando con voz chillona y una vendedora de helados de cacahuete que no paraba de ir de un sitio a otro ofreciéndolos. Mas tarde saco Bruce de la caja un aro y colocándoselo en sus hombros dejo que los niños se colgaran de él y girando sobre si mismo se convirtió en un original tiovivo.
Lisa se divertía de lo lindo siendo espectadora de aquel improvisado circo que ningún día faltaba a su cita con ella.

Un día Tina, Alfre y Quique acompañaron a Bruce a visitarla y se impresionaron al verla al otro lado de la ventana postrada en una cama rodeada de extraños aparatos destinados a devolverle la salud. No sospechaban que ese era el gran misterio de la casona.
Pidió Lisa a su padre que les dejara pasar dentro de la casa y este no dudo en complacerla. Cualquier cosa que la hiciera feliz era bienvenida.
Abrió la puerta y les dejo entrar. Al ver a Bruce creyó que era uno de ellos que venia disfrazado.
En lo que se refería a su salud física Lisa no experimento mejoría, pero se la veía contenta y sonreía después de mucho tiempo sin hacerlo, sin duda la compañía de Bruce y los muchachos le hacia mucho bien. Don Pedro no era ajeno a ello y estaba muy agradecido.
No pensó que nunca debiera lamentarlo, hasta que una mañana sorprendió al
“ niño disfrazado” curioseando entre sus papeles.
Se enfado y airado lo cogió de un brazo apartándolo bruscamente de aquellos documentos tan preciados y necesarios, pero ya era tarde pues era evidente que no solo los había traspapelado si no que se había atrevido a garabatear en algunos.
La desesperación del hombre fue tanta que le costo darse cuenta de que lo que sujetaba con fuerza no era un disfraz. Quiso gritarle, recriminar su acción pero de su garganta solo salió un quejido de dolor por lo sucedido y después se dejo caer en una silla frente a la mesa con la mirada perdida entre cifras, números y formulas.
Detrás de él Bruce con un leve susurro y alargando la mano señalo un papel colocado encima del resto. Don Pedro Ávila miro sin comprender pero unos segundos después su semblante cambió visiblemente. No lo podía creer. Hizo una comprobación e inmediatamente poniéndose de pie de un salto abrazo a Bruce.
Salió de la estancia y no tardo en regresar con uno de sus colaboradores, tras explicarle lo sucedido los dos hombres se felicitaron mutuamente.
No comprendían como habiendo empleado todos sus conocimientos habían cometido aquel error de calculo que sin embargo ahora veían tan claro.
¿ De donde había salido aquella criatura que tan milagrosamente les había mostrado el fallo?
Era tanta la alegría que ahora solo pensaban en operar de nuevo a Lisa cuanto antes.
Cuando días mas tarde despertó Lisa de la operación vio el rostro de su padre que la miraba con cariño.
Al lado de la cama también se encontraban sus amigos. Una mano cálida tocó la punta de su nariz a la vez que le guiñaba un ojo y ella sonrió a Bruce y extendiendo sus brazos rodeo su gran corpachon.
Lisa sintio la suavidad de peluche de su querido amigo y la ternura que emanaba de su interior.

En poco tiempo Lisa recobro su salud de una forma absoluta y sorprendente. El sol, el aire, el contacto con la naturaleza y la compañía de sus amigos hizo que el deseo anhelado por su padre por fin se hiciera realidad.
Lisa acudía al colegio como cualquier otro niño y jugaba y era feliz como deben serlo todos los niños.

...en ese momento las calles del pequeño pueblo estaban desiertas y nadie le vio marchar. Marcho rodando porque esa era su forma normal de desplazarse.

Bruce ha estado con nosotros

Bruce ha estado con nosotros
En ese momento las calles del pequeño pueblo estaban desiertas y nadie le vio llegar.
Llegó rodando, esa era su forma habitual de desplazarse de un sitio a otro.

No contaba con que allí las calles fueran tan pendientes y rodando, rodando cada vez a mayor velocidad las atravesó unas tras otra.
Cruzó la placita y descendió por unas escalinatas, a punto estuvo de ir a parar a un riachuelo pero en el último instante lo evitó dando un brinco.
Atusó el pelo que cubría por completo su cuerpo rechoncho y se aseguró que su pancarta no se hubiera roto.
Subió el tramo que antes había bajado y se dispuso a buscar un lugar donde pasar la noche pues estaba oscureciendo.
En uno de los rincones de una plaza halló un sitio que le pareció adecuado. Cuando casi se había acomodado dos seres peludos se acercaron gruñendo con cara de enfado, sin embargo cuando estuvieron cerca y miraron sus ojos su actitud cambio radicalmente y se mostraron mansos y zalameros.
Fueron dos gatos los primeros de aquel pueblo en comprobar el poder seductor de lo que a ellos les pareció una bola peluda y rara.
Ciertamente era lo más parecido a una bola. Una bola cubierta de pelos, de pelos blancos aunque sus puntas eran azules.
Su cabeza redonda como su cuerpo lucía en lo alto un tupe amarillento debajo del cual, dos enormes ojos saltones parecían mirar todo el tiempo la punta de su grande, redonda y enrojecida nariz.
Sus pies eran menudos y torpes; no importaba porque rodaba sobre sí mismo ya que le resultaba mucho más fácil. A cada lado del cuerpo le colgaban dos brazos larguiruchos y las manos al igual que los pies y la nariz eran rojos. En una de sus gordezuelas manos portaba un palo rematado por un cartel en el que había una escritura incomprensible, pero lo que más llamaba la atención de cuantos le veían era que por debajo de la nariz en la comisura de su boca, sobresalía un cigarrillo casi consumido y apagado y que siempre lo llevaba ahí puesto de igual manera.

Laluna era un pueblo rodeado de montes con bosques frondosos y maravillosos paisajes.
Por una de sus laderas discurría un riachuelo cantarín que regalaba sus aguas frescas y cristalinas a los habitantes del lugar.
La vida transcurría en paz pues nunca sucedía nada que rompiera la tranquilidad de la que gozaban.

Al día siguiente de su llegada a Laluna, Bruce despertó hambriento y se dijo que debía buscar algo para desayunar.

Cuando Paco el de la papelería fue esa mañana a abrir la puerta se sorprendió. Al poner la llave en la cerradura, está se desprendió y cayó al suelo.
¡Caramba! ¿Qué pasa aquí? – se dijo, extrañado.
¿Qué sucede? – le preguntó Maria que se dirigía con sus dos hijos a la escuela.
¡Pues, no lo sé! – contestó Paco señalando la cerraja que permanecía en el suelo. ¡Tal vez ha intentado entrar alguien! – añadió.
¡Pero! ¿Quién? – dijo Maria muy sorprendida.
Empujó Paco la puerta y apenas hubo entrado en la tienda comprobó que todo estaba en orden y que no faltaba nada.
Esto le tranquilizó y se dispuso a asegurar la cerradura sin darle más importancia.
Por la tarde Maria comentaba el incidente con Rosa mientras los hijos de ambas jugaban en el parque. Uno de los niños estaba columpiándose y de pronto dio con su trasero en el suelo.
Cuando se acercaron a socorrerle vieron que el columpio se había soltado por no tener ni uno solo de los tornillos que debían sujetarlo.
Las dos mujeres pensaron que Esteban el encargado del parque se habría despistado con el mantenimiento.
Durante esa semana se sucedieron hechos parecidos.

Un día era una rueda del coche de Margarita la que se soltaba, al otro al señor Jacinto se le desmontaba una silla al ir a sentarse y al otro en el colegio cuando Víctor el maestro se disponía a escribir en la pizarra, esta se caía a sus pies.
Y así un día y otro, en el pueblo no se hablaba de otra cosa.
¡Los tornillos desaparecen, – dijo Víctor – eso ocurre!
¡Y los clavos – dijo otro vecino – los clavos también!
¿Qué es esto? – preguntó el alcalde - ¿Una gamberrada?
Pero... ¿quién? – se preguntaban todos.
Nadie podía explicarlo.

Quique, Tina y Alfre eran unos muchachos vecinos de Laluna y buenos amigos. Estaban intrigados como cualquiera y decidieron investigar por su cuenta.
Habían leído libros de policías y detectives y pensaron que era una buena ocasión para practicar lo que habían aprendido leyendo.
Dedicarían su tiempo libre a averiguar " el misterio de los tornillos".
Pasaron varios días sin que lograran descubrir nada.
Ya habían usado sus dotes detectivescas; busca de huellas seguimiento de pistas etc., pero nada. Empezaban a desanimarse, si embargo los problemas por la desaparición de clavos, tornillos y similares continuaba igual.
Una mañana Quique cogió su monopatín y se dirigió al colegio.
Apenas puso un pie encima, las dos ruedas del lado izquierdo se desprendieron. Quique cayó de morros sobre el duro asfalto.
Cuando se incorporo comenzó a sangrarle la nariz y noto sus labios doloridos.
Era el último día del curso escolar y no podía faltar, así es que entró de nuevo en casa, lavo un poco sus heridas y guardo el monopatín. Entonces se fijó que esté tenía algunos pelos adheridos y que faltaban los tornillos que debían sujetar las ruedas, esto último no le extraño dadas las circunstancias que se venían sucediendo en Laluna pero... los pelos ¿serían una pista?
¿Pelos blancos? – preguntaron Alfre y Tina.
¿Quiere esto decir que el que roba los tornillos es una persona mayor?
Pusieron en conocimiento del alcalde su
descubrimiento, observaron con
detalle todos los lugares donde
Desaparecieron clavos y tornillos
Y en cada uno de ellos encontraron algún pelo blanco, mas al mirarlos con detenimiento vieron que no eran totalmente blancos, porque las puntas eran azules lo que hizo aumentar su extrañeza.

El primer día de vacaciones Quique y sus amigos organizaron una excursión. Fueron al campo a merendar y a bañarse en el río.
Se estaban divirtiendo mucho, Alfre puso en marcha su radicasette y comenzó a sonar una canción de Bruce Springteen y luego otra.

Se hallaban en un pequeño llano rodeado de árboles, descansando, conversando tranquilos, haciendo planes para el verano. De repente los tres callaron mirando al frente con expresión de asombro.

Ante ellos apareció el ser más increíble que pudieran imaginar.
Una criatura redonda y peluda.
Peluda, y sus pelos eran blancos... y en las puntas azules.
Eso quería decir...
¡Es el ladrón de tornillos!
- gritaron los tres a la vez.
Olvidando el temor que les
pudiera infundir "aquella cosa" se abalanzaron sobre ella, del empujón cayeron los cuatro al suelo dando vueltas hasta que un gran olmo los freno.
Cuando al fin se pusieron en pie, Quique, Tina y Alfre miraron muy enfadados al que sin duda era el que había tenido en vilo al pueblo. A la vez sentían satisfacción por haber resuelto el misterio.
Sujetaron fuertemente a la bola peluda, pero enseguida se convencieron de que era innecesario pues la criatura tenía un aspecto totalmente inofensivo y al mirar sus ojos bizcos comprendieron que era incapaz de hacer daño, mas bien al contrario su presencia infundía una sensación serena, pacífica, algo muy especial.
Así es que se encontraron de pronto sentados frente a Bruce contemplando su figura gordinflona meciéndose al ritmo de la música de Bruce Springteen, no había duda que le gustaba. Esto fue lo que les inspiro a ponerle de nombre: Bruce.
Sintieron que iban a ser grandes amigos.

Todo el pueblo se congregó en la plaza para ver a Bruce.
Algunos vecinos todavía desconfiaban a pesar de su mirada bondadosa no podían olvidar que les había ocasionado serios problemas al apropiarse de los tornillos y además desconocían que fue lo que motivó su comportamiento.
¡Es una mala influencia! –decían. ¡Se dedica a robar!
¡Además, -dijo doña Clara señalando el cigarrillo –no tiene buenos hábitos que digamos!
Pero los chicos defendieron a Bruce con todas sus fuerzas, sobre todo después de haber hablado con él, cosa que no fue nada fácil.
Su modo de comunicarse era complicado de definir.
¿Era un ser primitivo ó pertenecía a un mundo desconocido y lejano?
De la boca que se suponía había debajo de su narizota, salían sonidos de difícil comprensión, a veces farfullaba como un bebé, otras sin embargo parecía una sofisticada computadora que intentaba hacerse comprender.
Les llevo bastante tiempo, pero por fin lograron conversar suficientemente. Supieron que robaba para alimentarse, pues su fuente energética se constituía de pedazos de metal. Lo que más le gustaba eran los clavos y tornillos y cuanto más retorcidos y complicados eran, más sabrosos y suculentos le resultaban.
La pancarta que llevaba le ayudaba a defender los derechos de los más necesitados, lo que se veía obligado a hacer con frecuencia.
En cuanto al cigarrillo casi consumido que tanto le afeaba, les contó que era un recordatorio de lo imperfecto que era él mismo y le hacía humilde y generoso con los que alguna vez cometían errores.
Después de conocer al forastero los habitantes de Laluna le acogieron con hospitalidad y cariño y poco a poco se fueron familiarizando con sus extravagancias. Eso sí determinaron suministrarle lo preciso para su alimentación y así se terminaron los problemas.

Ese verano en Laluna fue muy especial, sobre todo para Quique y sus amigos. Pasaban el tiempo jugando con Bruce, y este se sentía muy feliz. Su presencia aportó al pueblo una magia desconocida hasta entonces. No pasaba un día que no sucediera algo realmente extraordinario.
Bruce era capaz de hacer cosas que parecían imposibles, pero lo que maravillaba a todos en general era su fantástico poder.
Comenzó un atardecer...
Inesperadamente el viento sopló con fuerza, el cielo se torno gris y una atronadora tormenta descargó en unos minutos, un aguacero infernal. Cuando volvió la calma vieron que la tormenta había causado numerosos daños en todo el pueblo. Por todas partes se veían tejados destrozados, árboles arrancados, vallas derribadas etc.
Los vecinos estaban desolados.
Y ocurrió que de súbito Bruce girando sobre sí mismo se precipito por calles y avenidas como si se tratara de un ciclón.
Cuando paro al cabo de unos segundos, nadie podía dar crédito a lo que veía, porque todo, todo estaba en orden como si la tormenta no hubiera existido.
No sabían si atribuirlo a un milagro ó a qué pero desde ese momento Bruce fue para ellos mucho más de lo que podían desear.
Otro día paró un autobús que se había quedado sin frenos, otro evitó que un niño cayera de un balcón. Ayudaba a todos en todo y convirtió la vida en una fiesta continua. Lo mismo se transformaba en payaso que en bombero si era preciso.

Llegó el primer día de otoño y trajo consigo, frío y novedades.
Un automóvil negro y reluciente irrumpió velozmente en Laluna.
Del automóvil descendió un hombre vestido de gris. Su aspecto era serio. Con paso seguro cruzo la calle, entro en una casona que llevaba bastante tiempo deshabitada. En varios días nadie le volvió a ver.

Don Pedro Ávila descorrió la pesada cortina que cubría uno de los muchos ventanales del gran salón. Afuera se agitaban los árboles por causa del viento, la tarde comenzaba a caer, las farolas de la calle se encendían poco a poco.
Se dirigió otra vez hacia la mesa y a pesar que estaba cansado volvió a tomar el abultado libro y colocándose las gafas releyó de nuevo sus páginas.

Toco Quique a la puerta de Alfre y este no tardo en abrir.
¡Uf, que frio hace! – entro diciendo. ¡Si no fuera porque debía recoger los apuntes que me guardas no hubiera salido de casa! ¿Sabes? ¡Cuándo pasaba frente a la casona creo haber visto al forastero tras una ventana!
¿De veras?- interrogo Alfre, y añadió. ¡Desde que llego a Laluna dicen que no ha salido de casa!
¡Es un hombre verdaderamente misterioso! – opinaron ambos muchachos.

Dos semanas mas tarde...
La vida transcurría, Quique y sus amigos acudían a la escuela, Bruce les ayudaba a resolver complejos problemas de la misma forma que les había enseñado a amar la lectura ó disfrutar de cualquier forma de arte. Les protegía en sus juegos, era su ángel de la guarda.
Paseaba tranquila Tina cuando le sobresalto el ruido de un coche al aparcar cerca de ella.
Salió de él un hombre distraído y taciturno, tanto que pasó al lado de ella y ni siquiera la vio. De no ser porque Tina se aparto, hubieran tropezado bruscamente, de lo cual el forastero no se dio cuenta y cruzó la calle mientras Tina le miraba perpleja dirigirse a la casona, a punto de traspasar el umbral de la vieja mansión, resbaló de sus bolsillos un voluminoso sobre pero el hombre no se percibió de ello.
¡Señor!- llamo Tina, pero el hombre desapareció tras la puerta de la vivienda.
Se apresuro la niña en recoger el sobre y al hacerlo de su interior resbalaron varios manuscritos, Tina los colocó con presteza y llamó al timbre.
Cuando el hombre abrió la puerta la miró con curiosidad y gesto impaciente.
¿Qué es lo que quieres, niña? – le pregunto con voz firme y ronca.
Tina extendió su mano mostrando el sobre. El desconocido la intimidaba, su alta figura así como su manera de hablar le causaban temor, girando sobre sus talones dijo: ¡Se le ha caído! Y con paso rápido de alejo de allí. Antes de doblar la esquina oyó: ¡Gracias!
Ahora la voz tenía un tono triste, profundamente triste.
Comento el incidente con sus amigos.
¡Es una persona ciertamente rara, no se relaciona con nadie y creo que le molesto que llamara a su puerta!
Y recodando los papeles que viera caer del sobre añadió Tina:
¡Nunca vi una escritura semejante, eran signos mezclados con números!
¿Sabéis? ¡Me recordaron a las películas de espías!
La imaginación de los chicos comenzó a elucubrar toda clase de posibilidades.
¿Sería acaso un espía o algo parecido?
¿Seria un loco que tramaba quien sabe que para destruir el mundo?
¿Estaría inventando una formula secreta y maligna?

Mientras tanto Don Pedro Ávila ajeno a tales especulaciones, hablaba por teléfono. ¡Es muy importante que esta semana este todo preparado para intervenir!
Su voz era autoritaria y grave como nunca. Y colgando el auricular quedo de pie unos minutos con expresión preocupada, luego clavó los ojos en un documento que tenia delante y sentándose ante la mesa permaneció durante horas enfrascado en su estudio.
Al amanecer del día siguiente, aparcó ante la casona un gran camión del cual bajaron tres hombres enfundados en sendos monos de color azul, descargaron varias máquinas y artilugios y los transportaron dentro de la casa del misterioso Don Pedro. Al cabo de unas horas los tres hombres salieron de la casa y montando en el camión se fueron.
Dos días después se repitió la escena. Llegó otro camión, era blanco al igual que los uniformes de los hombres que llegaron con él y llevaba varias cruces rojas pintadas en sus laterales.
Quique iba de camino a su casa acompañado de Bruce. Quedaron parados por la curiosidad.
Uno de los hombres pulso un botón e hizo descender una plataforma de la parte trasera de lo que bien mirado parecía una ambulancia, un camión-ambulancia.
Apareció en la plataforma una camilla, la curiosidad hizo que Quique diera unos pasos adelante pero estaban a bastante distancia y por ello no pudieron ver que era lo que ocupaba la camilla
Los hombres de blanco introdujeron con sumo cuidado pero sin perder tiempo la camilla, varios maletines y unas pesadas bombonas de oxigeno dentro de la casa y después uno de ellos se fue conduciendo el camión.

En la chimenea del gran salón ardían los troncos. Las llamaradas que el fuego producía, causaban en Lisa un efecto hipnótico, pasaba largos ratos mirándolas, nunca eran iguales, constantemente cambiaban de forma y color y de vez en cuando de entre ellas surgía una chispita que remontándose a través del oscuro hueco de la chimenea desaparecía.

¡Dichosas vosotras, maravillosas chispas que de un brinco podéis escapar del leño que os tiene cautivas, y burlando las lenguas del fuego huís hacia la libertad! – pensó Lisa.
Hizo girar las ruedas de la silla hasta una ventana. Afuera unos niños corrían alegres y otros jugaban con un balón. El balón votó varias veces hasta dar contra el cristal tras el cual se encontraba Lisa. Uno de los niños, un poco asustado lo recogió temeroso de haber molestado y al ver a la niña hizo un gesto disculpándose, Lisa le sonrió tranquilizándole.
Cuando su padre se acerca a ella vio en el rostro de la niña una lagrima que Lisa borro con el dorso de su mano e inmediatamente cambio de expresión tornándose sonriente e intentando parecer feliz, pero a su padre no le engañaba, la conocía muy bien y sabía que su querida hijita sufría hallándose postrada en aquella silla sin poder disfrutar igual que cualquier niño de su edad.
Lisa adoraba a su papá, solo se tenían el uno al otro.
Seis años atrás habían perdido a su madre en un trágico accidente.
Ella era muy pequeña cuando ocurrió y no fue consciente del triste suceso, pero su padre se sumió en una profunda tristeza que solo superó al caer enferma. Solo la preocupación que le causaba la salud de su hija hizo olvidar al buen hombre el sufrimiento por la perdida de su dulce y querida esposa.

Don Pedro Ávila decidió dedicar su vida y sus conocimientos al estudio de la rara enfermedad que aquejaba a Lisa, y se había propuesto no descansar hasta hallar la solución que lograra devolverle la salud.
Había tenido momentos de desaliento pues al estar investigando durante miles de horas su propia salud había disminuido, mas a pesar de ello jamás cedió en su empeño y al fin el fruto de su trabajo iba a devolver el color a las mejillas de Lisa y la alegría al corazón de los dos.
¡Hija mía, - dijo Don Pedro cogiendo a Lisa de ambas manos y agachándose hasta estar a su altura – pronto podrás salir a correr con esos niños y serás libre para ir donde quieras!
Lisa con los ojos llenos de lágrimas abrazo a su padre y los dos permanecieron así durante varios minutos.

Acostumbraba Bruce a acompañar a los niños al colegio y le gustaba permanecer con ellos mientras duraban las clases. El recreo todavía le gustaba más. Alguna vez vagaba por Laluna de aquí para allá, todos se habían acostumbrado a su presencia, verlo llegar rodando se había convertido en algo habitual y entrañable, su compañía era casi imprescindible.
Estaba ayudando a Tomas en el cuidado del parque cuando algo llamo su atención.
En la casona había mayor actividad de lo normal.
El padre de Lisa no había dormido aquella noche ultimando los preparativos para operar a su hija.
Varios ayudantes iban y venían cumpliendo escrupulosamente las ordenes conocedores de la importancia de su labor.
Lisa no podía evitar estar nerviosa, aunque procuraba disimularlo. Su silla no paraba quieta mucho rato e iba de acá para allá. Ahora se detuvo junto a la ventana mirando al exterior pero su mente estaba lejos.
De pronto una masa redonda chocó justo delante de ella, al otro lado del cristal. Pensó que se trataba de un balón, pero esta vez no reboto.
Y lo que en principio le pareció un balón le miraba fijamente.

Era un enorme peluche. Un gran muñeco de peluche, eso fue lo que creyó ver Lisa cuando vio por primera vez a Bruce. ¿Era un regalo que le hacia su padre? ¡Es el regalo más maravilloso que jamás un niño pueda imaginar! – pensó, y su corazón se lleno de agradecimiento hacia su papá.
Abrió la ventana y alargando la mano toco el bonito pelo blanco y azul de Bruce y sintió su suavidad esponjosa y calida.
Una mano gordezuela del “muñeco” cogio la de Lisa y la niña supo que nunca podría olvidar ese momento, aun más que la sorpresa al sentir que aquel ser tenia vida propia lo que conmovió a la pequeña fue la sensación de paz y serenidad que le transmitió.
Cuando Bruce se alejo de la niña estaba tan emocionado como ella.

Polilla - Un País Patasarriba -

Polilla
Un País Patas arriba

Vagando Polilla de sitio en sitio en un no parar de ir
de aquí para allá se encontró un día en un país de lo más pintoresco. Allí todo era lo que no era, ósea que era diferente a cualquier otro lugar que hubiera conocido antes.

En este país vivía la brujita Ofelia que todo el tiempo lo ocupaba en deshacer hechizos, en ese momento estaba la mar de agobiada buscando los colores del arco iris ya que habían desaparecido por obra de un mago mentiroso y traicionero que les prometió un color azul infinito y a cambio de eso, sin saber como, los colores se habían esfumado y ahora un manto gris tristón se había adueñado del firmamento.
Mando Ofelia traer flores de todas las especies posibles, frutas y árboles, agua del mar, tierra de diferentes tonalidades. Tomo blancas azucenas, maravillosas diminutas violetas, rosas, rosas y rojas, amarillas camelias lirios morados, campanillas liliáceas crisantemos multicolores,
Y cientos de flores de colores diferentes. Después sumergió sus manos en las aguas de un azul turquesa purísimo y las mezclo con otras de un verde intenso y con ellas roció las flores y frutas que prestaron también su aroma para después colocarlas sobre un lecho formado por tierras arcillosas, graníticas, de cuarzo, de carbón calizas etc.… y hojas de distintos árboles y colores. Cuando todo estuvo preparado formo un coro de gente de todas las partes del país y entonando una canción hizo un conjuro que mezclado con los naturales colores de todas aquellas cosas se elevo al cielo en una espiral sinfónica como si fuera un tornado, hasta formar un arco iris de colores de dimensión descomunal que surgió encima de ellos brillando como nunca antes lo vieran.
Quedo Polilla realmente asombrada al comprobar que contrariamente a lo que ella sabía aquí las brujas eran buenas y sin embargo los magos hacían verdaderas trastadas.