Bruce ha estado con nosotros
En ese momento las calles del pequeño pueblo estaban desiertas y nadie le vio llegar.
Llegó rodando, esa era su forma habitual de desplazarse de un sitio a otro.

No contaba con que allí las calles fueran tan pendientes y rodando, rodando cada vez a mayor velocidad las atravesó unas tras otra.
Cruzó la placita y descendió por unas escalinatas, a punto estuvo de ir a parar a un riachuelo pero en el último instante lo evitó dando un brinco.
Atusó el pelo que cubría por completo su cuerpo rechoncho y se aseguró que su pancarta no se hubiera roto.
Subió el tramo que antes había bajado y se dispuso a buscar un lugar donde pasar la noche pues estaba oscureciendo.
En uno de los rincones de una plaza halló un sitio que le pareció adecuado. Cuando casi se había acomodado dos seres peludos se acercaron gruñendo con cara de enfado, sin embargo cuando estuvieron cerca y miraron sus ojos su actitud cambio radicalmente y se mostraron mansos y zalameros.
Fueron dos gatos los primeros de aquel pueblo en comprobar el poder seductor de lo que a ellos les pareció una bola peluda y rara.
Ciertamente era lo más parecido a una bola. Una bola cubierta de pelos, de pelos blancos aunque sus puntas eran azules.
Su cabeza redonda como su cuerpo lucía en lo alto un tupe amarillento debajo del cual, dos enormes ojos saltones parecían mirar todo el tiempo la punta de su grande, redonda y enrojecida nariz.
Sus pies eran menudos y torpes; no importaba porque rodaba sobre sí mismo ya que le resultaba mucho más fácil. A cada lado del cuerpo le colgaban dos brazos larguiruchos y las manos al igual que los pies y la nariz eran rojos. En una de sus gordezuelas manos portaba un palo rematado por un cartel en el que había una escritura incomprensible, pero lo que más llamaba la atención de cuantos le veían era que por debajo de la nariz en la comisura de su boca, sobresalía un cigarrillo casi consumido y apagado y que siempre lo llevaba ahí puesto de igual manera.

Laluna era un pueblo rodeado de montes con bosques frondosos y maravillosos paisajes.
Por una de sus laderas discurría un riachuelo cantarín que regalaba sus aguas frescas y cristalinas a los habitantes del lugar.
La vida transcurría en paz pues nunca sucedía nada que rompiera la tranquilidad de la que gozaban.

Al día siguiente de su llegada a Laluna, Bruce despertó hambriento y se dijo que debía buscar algo para desayunar.

Cuando Paco el de la papelería fue esa mañana a abrir la puerta se sorprendió. Al poner la llave en la cerradura, está se desprendió y cayó al suelo.
¡Caramba! ¿Qué pasa aquí? – se dijo, extrañado.
¿Qué sucede? – le preguntó Maria que se dirigía con sus dos hijos a la escuela.
¡Pues, no lo sé! – contestó Paco señalando la cerraja que permanecía en el suelo. ¡Tal vez ha intentado entrar alguien! – añadió.
¡Pero! ¿Quién? – dijo Maria muy sorprendida.
Empujó Paco la puerta y apenas hubo entrado en la tienda comprobó que todo estaba en orden y que no faltaba nada.
Esto le tranquilizó y se dispuso a asegurar la cerradura sin darle más importancia.
Por la tarde Maria comentaba el incidente con Rosa mientras los hijos de ambas jugaban en el parque. Uno de los niños estaba columpiándose y de pronto dio con su trasero en el suelo.
Cuando se acercaron a socorrerle vieron que el columpio se había soltado por no tener ni uno solo de los tornillos que debían sujetarlo.
Las dos mujeres pensaron que Esteban el encargado del parque se habría despistado con el mantenimiento.
Durante esa semana se sucedieron hechos parecidos.

Un día era una rueda del coche de Margarita la que se soltaba, al otro al señor Jacinto se le desmontaba una silla al ir a sentarse y al otro en el colegio cuando Víctor el maestro se disponía a escribir en la pizarra, esta se caía a sus pies.
Y así un día y otro, en el pueblo no se hablaba de otra cosa.
¡Los tornillos desaparecen, – dijo Víctor – eso ocurre!
¡Y los clavos – dijo otro vecino – los clavos también!
¿Qué es esto? – preguntó el alcalde - ¿Una gamberrada?
Pero... ¿quién? – se preguntaban todos.
Nadie podía explicarlo.

Quique, Tina y Alfre eran unos muchachos vecinos de Laluna y buenos amigos. Estaban intrigados como cualquiera y decidieron investigar por su cuenta.
Habían leído libros de policías y detectives y pensaron que era una buena ocasión para practicar lo que habían aprendido leyendo.
Dedicarían su tiempo libre a averiguar " el misterio de los tornillos".
Pasaron varios días sin que lograran descubrir nada.
Ya habían usado sus dotes detectivescas; busca de huellas seguimiento de pistas etc., pero nada. Empezaban a desanimarse, si embargo los problemas por la desaparición de clavos, tornillos y similares continuaba igual.
Una mañana Quique cogió su monopatín y se dirigió al colegio.
Apenas puso un pie encima, las dos ruedas del lado izquierdo se desprendieron. Quique cayó de morros sobre el duro asfalto.
Cuando se incorporo comenzó a sangrarle la nariz y noto sus labios doloridos.
Era el último día del curso escolar y no podía faltar, así es que entró de nuevo en casa, lavo un poco sus heridas y guardo el monopatín. Entonces se fijó que esté tenía algunos pelos adheridos y que faltaban los tornillos que debían sujetar las ruedas, esto último no le extraño dadas las circunstancias que se venían sucediendo en Laluna pero... los pelos ¿serían una pista?
¿Pelos blancos? – preguntaron Alfre y Tina.
¿Quiere esto decir que el que roba los tornillos es una persona mayor?
Pusieron en conocimiento del alcalde su
descubrimiento, observaron con
detalle todos los lugares donde
Desaparecieron clavos y tornillos
Y en cada uno de ellos encontraron algún pelo blanco, mas al mirarlos con detenimiento vieron que no eran totalmente blancos, porque las puntas eran azules lo que hizo aumentar su extrañeza.

El primer día de vacaciones Quique y sus amigos organizaron una excursión. Fueron al campo a merendar y a bañarse en el río.
Se estaban divirtiendo mucho, Alfre puso en marcha su radicasette y comenzó a sonar una canción de Bruce Springteen y luego otra.

Se hallaban en un pequeño llano rodeado de árboles, descansando, conversando tranquilos, haciendo planes para el verano. De repente los tres callaron mirando al frente con expresión de asombro.

Ante ellos apareció el ser más increíble que pudieran imaginar.
Una criatura redonda y peluda.
Peluda, y sus pelos eran blancos... y en las puntas azules.
Eso quería decir...
¡Es el ladrón de tornillos!
- gritaron los tres a la vez.
Olvidando el temor que les
pudiera infundir "aquella cosa" se abalanzaron sobre ella, del empujón cayeron los cuatro al suelo dando vueltas hasta que un gran olmo los freno.
Cuando al fin se pusieron en pie, Quique, Tina y Alfre miraron muy enfadados al que sin duda era el que había tenido en vilo al pueblo. A la vez sentían satisfacción por haber resuelto el misterio.
Sujetaron fuertemente a la bola peluda, pero enseguida se convencieron de que era innecesario pues la criatura tenía un aspecto totalmente inofensivo y al mirar sus ojos bizcos comprendieron que era incapaz de hacer daño, mas bien al contrario su presencia infundía una sensación serena, pacífica, algo muy especial.
Así es que se encontraron de pronto sentados frente a Bruce contemplando su figura gordinflona meciéndose al ritmo de la música de Bruce Springteen, no había duda que le gustaba. Esto fue lo que les inspiro a ponerle de nombre: Bruce.
Sintieron que iban a ser grandes amigos.

Todo el pueblo se congregó en la plaza para ver a Bruce.
Algunos vecinos todavía desconfiaban a pesar de su mirada bondadosa no podían olvidar que les había ocasionado serios problemas al apropiarse de los tornillos y además desconocían que fue lo que motivó su comportamiento.
¡Es una mala influencia! –decían. ¡Se dedica a robar!
¡Además, -dijo doña Clara señalando el cigarrillo –no tiene buenos hábitos que digamos!
Pero los chicos defendieron a Bruce con todas sus fuerzas, sobre todo después de haber hablado con él, cosa que no fue nada fácil.
Su modo de comunicarse era complicado de definir.
¿Era un ser primitivo ó pertenecía a un mundo desconocido y lejano?
De la boca que se suponía había debajo de su narizota, salían sonidos de difícil comprensión, a veces farfullaba como un bebé, otras sin embargo parecía una sofisticada computadora que intentaba hacerse comprender.
Les llevo bastante tiempo, pero por fin lograron conversar suficientemente. Supieron que robaba para alimentarse, pues su fuente energética se constituía de pedazos de metal. Lo que más le gustaba eran los clavos y tornillos y cuanto más retorcidos y complicados eran, más sabrosos y suculentos le resultaban.
La pancarta que llevaba le ayudaba a defender los derechos de los más necesitados, lo que se veía obligado a hacer con frecuencia.
En cuanto al cigarrillo casi consumido que tanto le afeaba, les contó que era un recordatorio de lo imperfecto que era él mismo y le hacía humilde y generoso con los que alguna vez cometían errores.
Después de conocer al forastero los habitantes de Laluna le acogieron con hospitalidad y cariño y poco a poco se fueron familiarizando con sus extravagancias. Eso sí determinaron suministrarle lo preciso para su alimentación y así se terminaron los problemas.

Ese verano en Laluna fue muy especial, sobre todo para Quique y sus amigos. Pasaban el tiempo jugando con Bruce, y este se sentía muy feliz. Su presencia aportó al pueblo una magia desconocida hasta entonces. No pasaba un día que no sucediera algo realmente extraordinario.
Bruce era capaz de hacer cosas que parecían imposibles, pero lo que maravillaba a todos en general era su fantástico poder.
Comenzó un atardecer...
Inesperadamente el viento sopló con fuerza, el cielo se torno gris y una atronadora tormenta descargó en unos minutos, un aguacero infernal. Cuando volvió la calma vieron que la tormenta había causado numerosos daños en todo el pueblo. Por todas partes se veían tejados destrozados, árboles arrancados, vallas derribadas etc.
Los vecinos estaban desolados.
Y ocurrió que de súbito Bruce girando sobre sí mismo se precipito por calles y avenidas como si se tratara de un ciclón.
Cuando paro al cabo de unos segundos, nadie podía dar crédito a lo que veía, porque todo, todo estaba en orden como si la tormenta no hubiera existido.
No sabían si atribuirlo a un milagro ó a qué pero desde ese momento Bruce fue para ellos mucho más de lo que podían desear.
Otro día paró un autobús que se había quedado sin frenos, otro evitó que un niño cayera de un balcón. Ayudaba a todos en todo y convirtió la vida en una fiesta continua. Lo mismo se transformaba en payaso que en bombero si era preciso.

Llegó el primer día de otoño y trajo consigo, frío y novedades.
Un automóvil negro y reluciente irrumpió velozmente en Laluna.
Del automóvil descendió un hombre vestido de gris. Su aspecto era serio. Con paso seguro cruzo la calle, entro en una casona que llevaba bastante tiempo deshabitada. En varios días nadie le volvió a ver.

Don Pedro Ávila descorrió la pesada cortina que cubría uno de los muchos ventanales del gran salón. Afuera se agitaban los árboles por causa del viento, la tarde comenzaba a caer, las farolas de la calle se encendían poco a poco.
Se dirigió otra vez hacia la mesa y a pesar que estaba cansado volvió a tomar el abultado libro y colocándose las gafas releyó de nuevo sus páginas.

Toco Quique a la puerta de Alfre y este no tardo en abrir.
¡Uf, que frio hace! – entro diciendo. ¡Si no fuera porque debía recoger los apuntes que me guardas no hubiera salido de casa! ¿Sabes? ¡Cuándo pasaba frente a la casona creo haber visto al forastero tras una ventana!
¿De veras?- interrogo Alfre, y añadió. ¡Desde que llego a Laluna dicen que no ha salido de casa!
¡Es un hombre verdaderamente misterioso! – opinaron ambos muchachos.

Dos semanas mas tarde...
La vida transcurría, Quique y sus amigos acudían a la escuela, Bruce les ayudaba a resolver complejos problemas de la misma forma que les había enseñado a amar la lectura ó disfrutar de cualquier forma de arte. Les protegía en sus juegos, era su ángel de la guarda.
Paseaba tranquila Tina cuando le sobresalto el ruido de un coche al aparcar cerca de ella.
Salió de él un hombre distraído y taciturno, tanto que pasó al lado de ella y ni siquiera la vio. De no ser porque Tina se aparto, hubieran tropezado bruscamente, de lo cual el forastero no se dio cuenta y cruzó la calle mientras Tina le miraba perpleja dirigirse a la casona, a punto de traspasar el umbral de la vieja mansión, resbaló de sus bolsillos un voluminoso sobre pero el hombre no se percibió de ello.
¡Señor!- llamo Tina, pero el hombre desapareció tras la puerta de la vivienda.
Se apresuro la niña en recoger el sobre y al hacerlo de su interior resbalaron varios manuscritos, Tina los colocó con presteza y llamó al timbre.
Cuando el hombre abrió la puerta la miró con curiosidad y gesto impaciente.
¿Qué es lo que quieres, niña? – le pregunto con voz firme y ronca.
Tina extendió su mano mostrando el sobre. El desconocido la intimidaba, su alta figura así como su manera de hablar le causaban temor, girando sobre sus talones dijo: ¡Se le ha caído! Y con paso rápido de alejo de allí. Antes de doblar la esquina oyó: ¡Gracias!
Ahora la voz tenía un tono triste, profundamente triste.
Comento el incidente con sus amigos.
¡Es una persona ciertamente rara, no se relaciona con nadie y creo que le molesto que llamara a su puerta!
Y recodando los papeles que viera caer del sobre añadió Tina:
¡Nunca vi una escritura semejante, eran signos mezclados con números!
¿Sabéis? ¡Me recordaron a las películas de espías!
La imaginación de los chicos comenzó a elucubrar toda clase de posibilidades.
¿Sería acaso un espía o algo parecido?
¿Seria un loco que tramaba quien sabe que para destruir el mundo?
¿Estaría inventando una formula secreta y maligna?

Mientras tanto Don Pedro Ávila ajeno a tales especulaciones, hablaba por teléfono. ¡Es muy importante que esta semana este todo preparado para intervenir!
Su voz era autoritaria y grave como nunca. Y colgando el auricular quedo de pie unos minutos con expresión preocupada, luego clavó los ojos en un documento que tenia delante y sentándose ante la mesa permaneció durante horas enfrascado en su estudio.
Al amanecer del día siguiente, aparcó ante la casona un gran camión del cual bajaron tres hombres enfundados en sendos monos de color azul, descargaron varias máquinas y artilugios y los transportaron dentro de la casa del misterioso Don Pedro. Al cabo de unas horas los tres hombres salieron de la casa y montando en el camión se fueron.
Dos días después se repitió la escena. Llegó otro camión, era blanco al igual que los uniformes de los hombres que llegaron con él y llevaba varias cruces rojas pintadas en sus laterales.
Quique iba de camino a su casa acompañado de Bruce. Quedaron parados por la curiosidad.
Uno de los hombres pulso un botón e hizo descender una plataforma de la parte trasera de lo que bien mirado parecía una ambulancia, un camión-ambulancia.
Apareció en la plataforma una camilla, la curiosidad hizo que Quique diera unos pasos adelante pero estaban a bastante distancia y por ello no pudieron ver que era lo que ocupaba la camilla
Los hombres de blanco introdujeron con sumo cuidado pero sin perder tiempo la camilla, varios maletines y unas pesadas bombonas de oxigeno dentro de la casa y después uno de ellos se fue conduciendo el camión.

En la chimenea del gran salón ardían los troncos. Las llamaradas que el fuego producía, causaban en Lisa un efecto hipnótico, pasaba largos ratos mirándolas, nunca eran iguales, constantemente cambiaban de forma y color y de vez en cuando de entre ellas surgía una chispita que remontándose a través del oscuro hueco de la chimenea desaparecía.

¡Dichosas vosotras, maravillosas chispas que de un brinco podéis escapar del leño que os tiene cautivas, y burlando las lenguas del fuego huís hacia la libertad! – pensó Lisa.
Hizo girar las ruedas de la silla hasta una ventana. Afuera unos niños corrían alegres y otros jugaban con un balón. El balón votó varias veces hasta dar contra el cristal tras el cual se encontraba Lisa. Uno de los niños, un poco asustado lo recogió temeroso de haber molestado y al ver a la niña hizo un gesto disculpándose, Lisa le sonrió tranquilizándole.
Cuando su padre se acerca a ella vio en el rostro de la niña una lagrima que Lisa borro con el dorso de su mano e inmediatamente cambio de expresión tornándose sonriente e intentando parecer feliz, pero a su padre no le engañaba, la conocía muy bien y sabía que su querida hijita sufría hallándose postrada en aquella silla sin poder disfrutar igual que cualquier niño de su edad.
Lisa adoraba a su papá, solo se tenían el uno al otro.
Seis años atrás habían perdido a su madre en un trágico accidente.
Ella era muy pequeña cuando ocurrió y no fue consciente del triste suceso, pero su padre se sumió en una profunda tristeza que solo superó al caer enferma. Solo la preocupación que le causaba la salud de su hija hizo olvidar al buen hombre el sufrimiento por la perdida de su dulce y querida esposa.

Don Pedro Ávila decidió dedicar su vida y sus conocimientos al estudio de la rara enfermedad que aquejaba a Lisa, y se había propuesto no descansar hasta hallar la solución que lograra devolverle la salud.
Había tenido momentos de desaliento pues al estar investigando durante miles de horas su propia salud había disminuido, mas a pesar de ello jamás cedió en su empeño y al fin el fruto de su trabajo iba a devolver el color a las mejillas de Lisa y la alegría al corazón de los dos.
¡Hija mía, - dijo Don Pedro cogiendo a Lisa de ambas manos y agachándose hasta estar a su altura – pronto podrás salir a correr con esos niños y serás libre para ir donde quieras!
Lisa con los ojos llenos de lágrimas abrazo a su padre y los dos permanecieron así durante varios minutos.

Acostumbraba Bruce a acompañar a los niños al colegio y le gustaba permanecer con ellos mientras duraban las clases. El recreo todavía le gustaba más. Alguna vez vagaba por Laluna de aquí para allá, todos se habían acostumbrado a su presencia, verlo llegar rodando se había convertido en algo habitual y entrañable, su compañía era casi imprescindible.
Estaba ayudando a Tomas en el cuidado del parque cuando algo llamo su atención.
En la casona había mayor actividad de lo normal.
El padre de Lisa no había dormido aquella noche ultimando los preparativos para operar a su hija.
Varios ayudantes iban y venían cumpliendo escrupulosamente las ordenes conocedores de la importancia de su labor.
Lisa no podía evitar estar nerviosa, aunque procuraba disimularlo. Su silla no paraba quieta mucho rato e iba de acá para allá. Ahora se detuvo junto a la ventana mirando al exterior pero su mente estaba lejos.
De pronto una masa redonda chocó justo delante de ella, al otro lado del cristal. Pensó que se trataba de un balón, pero esta vez no reboto.
Y lo que en principio le pareció un balón le miraba fijamente.

Era un enorme peluche. Un gran muñeco de peluche, eso fue lo que creyó ver Lisa cuando vio por primera vez a Bruce. ¿Era un regalo que le hacia su padre? ¡Es el regalo más maravilloso que jamás un niño pueda imaginar! – pensó, y su corazón se lleno de agradecimiento hacia su papá.
Abrió la ventana y alargando la mano toco el bonito pelo blanco y azul de Bruce y sintió su suavidad esponjosa y calida.
Una mano gordezuela del “muñeco” cogio la de Lisa y la niña supo que nunca podría olvidar ese momento, aun más que la sorpresa al sentir que aquel ser tenia vida propia lo que conmovió a la pequeña fue la sensación de paz y serenidad que le transmitió.
Cuando Bruce se alejo de la niña estaba tan emocionado como ella.