Polilla y los colores

Polilla voló un día por encima de los entrecruzados colores del arco iris hasta que una ráfaga de luz la golpeó dejándola adherida a una arista azul donde el frío de ese color la solidifico súbitamente.
La forzada inmovilidad la aburría extraordinariamente.
El paso de las aves y nubes la llenaban de envidia y rogó al sol la librara de aquella cruel cárcel que la mantenía presa.

El sol se compadeció de ella y la toco con uno de sus rayos al contacto del cual vibro su cuerpecillo y la envolvió de un calor dulcísimo y como una plumita voló hasta un arroyuelo, cuyas aguas la envolvieron y arrastraron en su caída por la ladera de una montaña, por algún tiempo rodó así de cascada en cascada hasta que el arroyo se precipito en una grieta donde se detuvo bruscamente. Allí sumida en una profunda oscuridad se fue deslizando muy despacio por el seno de la montaña, hasta que surgió de pronto en la bóveda de una gruta. Trepo a lo alto de una estalactita y desde allí contemplo el lugar en el que se encontraba.
La cueva era de una hermosura que maravillaba. La iluminaba una claridad fantástica que daba a sus paredes de alabastro una extraña tonalidad; junto a su entrada había una pequeña fuente de agua abundante y cristalina.

Aunque todo lo que allí había era deliciosamente bello, no había nada que pudiera compararse con ella misma. La luz atravesaba su cuerpo absolutamente transparente y en él se reflejaba la claridad del agua dándole a su aspecto una brillantez purísima.

Se desprendió de la estalactita y cayo dentro de la fuente. Un leve roce de sus alas despertó los ecos de la gruta y de pronto una bandada de gorriones sobrevolaron su cabeza creando una ensordecedora algarabía, hasta posarse en la fuente y beber con delicia para después remontar el vuelo perdiéndose de nuevo en la profundidad de la cueva.
Polilla deseo salir de allí, rodeo la gruta buscando una salida hasta encontrar un resquicio.
Alegre batió sus alitas abandonándose a la corriente que penetraba por una ranura y filtrándose por ella salio al valle por donde discurría el arroyo de aguas limpísimas.
Que emocionante le parecía el viaje, las márgenes del arroyo desaparecían bajo un espeso tapiz de flores.
Una gotita de agua descansaba encima de una violeta que a su vez se empinaba sobre su tallo agitándose al viento.
Polilla le invito a viajar con ella pero la gotita le dijo que no podía detenerse y rodó deslizándose dentro del cauce.
Durante un buen rato nuestra querida hadita se entretuvo en volar de flor en flor como si fuera una mariposa disfrutando su embriagador perfume y jugando con el reflejo de sus vistosos colores.
En lo alto de un montículo apareció una joven de rostro delicadamente hermoso, miraba hacia ella sin verla. Las finas líneas de su perfil se ensombrecían por una tristeza apenas disimulada.
Indiferente a cuanto la rodeaba, su voz entono una melodía que la hizo olvidarse de si misma.
Al terminar su mirada encontró la de Polilla y ahora si que la vio y como si ambas se comprendieran perfectamente permanecieron mirándose sin hablar.

La joven tuvo la sensación de haber tenido un sueño que había liberado su alma de todos sus pesares y se sintió confortada. De nuevo su voz se alzo interpretando aquella melodía de antes pero ahora sonaba llenando el valle de alegres notas.

Al caer la tarde Polilla regresa a ese lugar tan especial que solo los seres que creen en ella conocen.
Ese lugar esta en lo mas profundo del bosque o de nuestro corazón.